Apuntes para una primavera ciudadana

Todos los ciudadanos debemos entender que, el de Luis Abinader, es un gobierno de transición. Es el puente a través del cual pasaremos desde el oprobio y la barbarie morada, hacia el cada vez más próximo ascenso del poder ciudadano a la administración pública.

Derrotamos al PLD, el partido que administraba el Estado, pero nos falta derrotar la cultura representada por la clase política, su desprecio, irrespeto al votante y su desdén por los valores elementales de transparencia y protección del bien público.

No es una nueva generación política la que ha llegado al Congreso, no son monjes descendidos de los templos, ni extraterrestres llegados del espacio sideral … no los mueven mejores ni nobles propósitos. En su mayoría son -sencillamente- rostros nuevos con valores viejos tan adictos al barrilito como los anteriores. Como diría Silvio Rodríguez: son servidores de pasado en copa nueva.

Casos de corrupción acechan la nueva administración. Veremos más de uno traicionar la confianza depositada por el Presidente. Es inevitable: La renovación ética tomará años y no será fácil.

Este es un desafío a todos. La nación que vivimos y la que dejaremos a nuestros hijos estará definida -en fondo y forma- por los resultados que logremos en la batalla por la ética y la transparencia.

Lo que ocurra o no -en lo público- no depende ni de los principios ni de la ética, ni de la buena fe de los funcionarios: dependerá, fundamentalmente, de qué tan vigilantes, activos y comprometidos seamos los ciudadanos, con esta causa tan impostergable como redentora.

Como dijera De Gaulle: La política es algo demasiado serio como para dejarla en manos de los políticos.

La nueva nación que queremos -más justa y decente- sólo puede nacer de las entrañas de la ciudadanía, no desde esta clase política. No podemos esperar que los políticos nos den lo que ellos no tienen.

Luis Abinader quiere hacerlo bien, pero no lo logrará solo ni mal acompañado… Ha cometido errores y cometerá más…. Es un hombre noble y decente, en una selva desconocida que le es ajena, repugnante y -muchas veces- difícil de digerir. Es un cuerpo extraño en el tejido político. Lo sabemos.

Seamos todos los ciudadanos censores permanentes de la cosa pública, fiscalicemos a los funcionarios, ejercitemos las formas más nobles de ciudadanía plena, seamos -en fin- la camisa de fuerza moral que domine la indomable sed de oro que nubla la razón, corrompe el alma y traiciona el interés colectivo, con pasmosa cotidianidad.

Nuestra nación será lo que sus ciudadanos decidamos que sea. Será una nación que caminará a la oscuridad, al caos y -tal vez- a la disolución, si la dejamos a los políticos. Gloriosa, indómita, eterna, si los ciudadanos hacemos nuestra parte.

La diferencia es clara, y está en nuestras manos…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *