¿Ni siquiera eso, Luis?
Nadie, nunca lo creyó una reencarnación de Aquiles, ni descendiente de Vulcano, tampoco los pies que llenarían las botas de Mac Arthur, mucho menos que usaría con destreza la espada desnuda del valiente Alejandro El Magno.
Tampoco esperábamos un clon del gran almirante de Trafalgar, épica batalla que a través de los siglos sigue siendo motivo de orgullo para los ingleses o del Emperador francés que en la batalla de Marengo regalo glorias inmortales a Francia.
Nunca lo vimos como el gran guerrero de las impostergables batallas nacionales, para cuya hazaña hay que respirar el aroma que brota del alma de los grandes hombres de la patria que entregaron sus vidas envueltas en arrojo y determinación personal.
Nunca lo vimos como el gran visionario, el sabio capaz de comprender con clareza de noche de luna llena el mundo de lo público con sus vastos confines de oscuras y elusivas maldades.
Nunca lo vimos como el orfebre de una nueva era, capaz de tejer las ilusiones comunes y aspiraciones sentidas que han permanecido ahogadas por casi medio siglo en las profundidades oscuras de los infortunios nacionales.
Nunca lo vimos como arquitecto de las más sentidas y acendradas ilusiones nacionales que bajo su conducción se convertirían en palpables realizaciones patrias.
Nunca lo vimos como el hombre de cuyas manos redentoras saldría el bálsamo para curar las heridas ancestrales del alma nacional revestidas por profundas cicatrices de la desigualdad , inseguridad y pobreza, plagas que azotan como un relámpago oprobioso la conciencia nacional.
Pero…….
Si, siempre lo vimos como el hombre decente, noble, con sentido de la historia, cuyo combustible existencial no era el poder como fin, sino como medio de servir a la gente, enorgullecer a su familia, redimir la carrera política de su padre. Servir a la nación.
Los siete meses de gobierno nos han confirmado lo que sabíamos que no tenía.
La elección de la cámara de cuentas nos dirá con claridad meridiana, si nos equivocamos en los valores y virtudes cívicas que creímos que tenía.
¿Ni siquiera eso, Luis?